En el fondo, siempre he sido una persona que vive en la nostalgia (del griego nostos que quiere decir regreso y algos que quiere decir sufrimiento): sufrimiento por el deseo incumplido de regresar (ver “La ignorancia” de Kundera). Le echo la culpa –como de todo lo demás– a mi madre, porque crecí viéndola sufrir durante más de 10 años por regresar con mi padre. Mi imagen del amor es ese sufrimiento por el amor idílico, imposible, casi etéreo; esa fotografía del amor que me hace obsesionarme con el pasado y voltear hacia atrás en silencio.
¿Y no sería la misma concepción retorcida del amor la que me hace escribir estas líneas? Creo que no, al menos eso espero. Primero, porque mientras escribo soy conciente de ello (eso es nuevo), y segundo, porque ahora lo que siento es añoranza (del catalán enyorar y a su vez del latín ignorare): estás lejos y no sé de ti (de nuevo, ver Kundera). La diferencia entre uno y otro –según yo– es que mientras que para la nostalgia el leitmotiv es la imposibilidad de regresar, la añoranza sólo es un deseo insatisfecho de información.
Eso y que tengo unas ganas bárbaras de hacerte mía toda la noche.